Shakespeare and Company en mi corazón
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En 2015 visité Francia por primera vez. Permanecí allí durante un mes como profesor invitado de la Universidad de Orleans. Sin embargo, no fue sino años después cuando descubrí la existencia de la mítica librería Shakespeare and Company. Lo curioso es que había estado muy cerca de ella, pues se encuentra a pocos pasos de la catedral de Notre Dame, lugar que sí había visitado. Desde entonces sentí la necesidad de regresar a París, especialmente para conocer ese templo de la literatura, deseo que finalmente pude cumplir hace apenas dos semanas.
Durante un viaje junto a mi esposa, salimos de Notre Dame y, guiados por Google Maps, caminamos hacia la dirección indicada. Al llegar pensé que la aplicación se había equivocado, pues no lograba ver la librería. Decidí preguntar, en mi limitado inglés, a un amable anciano de rasgos orientales que trabajaba en un restaurante cercano. Con gran cortesía tomó mi teléfono y buscó ayuda en una joven camarera del establecimiento contiguo, quien de inmediato señaló el lugar exacto. Estábamos apenas a unos metros.
Al reconocer el inconfundible color verde de su fachada y el emblemático logotipo de Shakespeare, comprendí que finalmente había llegado. Frente a la librería había largas filas de visitantes y el café contiguo estaba lleno de turistas que desayunaban y conversaban. Antes de entrar tomamos numerosas fotografías de la fachada y del entorno.
Una vez dentro, recorrimos lentamente sus estrechos pasillos y estanterías repletas de libros. Descubrimos una pared cubierta de fotografías de escritores, una antigua máquina de escribir, un piano, objetos de colección, miles de libros nuevos y usados —se dice que alberga unos 50 mil ejemplares—, además de un mural lleno de notas, frases y versos escritos por visitantes de todo el mundo, donde también dejé mi mensaje.
Subimos al segundo piso, desde donde se contempla una magnífica vista de la catedral de Notre Dame. Allí los visitantes leen, descansan, compran libros, bolsos y recuerdos. Aunque un cartel prohíbe tomar fotografías, mi esposa logró capturar discretamente algunas imágenes.
En el interior se respira una atmósfera única donde conviven el pasado y el presente. Resulta emocionante imaginar que entre esas mismas paredes escribieron, leyeron o incluso durmieron figuras inmortales como Ernest Hemingway, James Joyce, F. Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, André Gide, Paul Valéry, Ezra Pound, T. S. Eliot, John Dos Passos, D. H. Lawrence y muchos otros protagonistas de la gran literatura del siglo XX.
Todo aquel que cruza sus puertas busca algo más que una librería: persigue una experiencia cargada de historia, misterio, evocación y fascinación; una silenciosa conversación con aquellos escritores que hicieron de este lugar uno de los mayores símbolos de la cultura universal.
Durante la pandemia leí las memorias de Sylvia Beach, la legendaria fundadora de Shakespeare and Company. Fue uno de los libros que más disfruté. Más que una autobiografía, constituye el retrato de una época irrepetible, en la que convergieron algunos de los mayores genios de la literatura y que convirtió a la librería en refugio de la llamada «Generación Perdida», nombre acuñado por Gertrude Stein.
Sylvia Beach nació en Baltimore en 1887 y llegó a París siendo muy joven. Allí conoció a la librera Adrienne Monnier, quien la introdujo en los círculos intelectuales franceses y marcaría profundamente su vida. Al no poder abrir una sucursal de la librería de Monnier en Nueva York por falta de recursos, decidió fundar la suya en París.
Desde su apertura, el 19 de noviembre de 1919, Shakespeare and Company se transformó rápidamente en el punto de encuentro de escritores, artistas e intelectuales. No solo vendía libros: también funcionaba como biblioteca, refugio y hasta dirección postal para numerosos autores que no tenían domicilio fijo.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Sylvia Beach decidió permanecer en París pese a los riesgos de la ocupación nazi. Rechazó regresar a Estados Unidos porque no quería abandonar ni a sus amigos, ni a la ciudad que tanto amaba, ni a Adrienne Monnier.
En sus memorias escribió una frase que resume el espíritu de aquella extraordinaria aventura: «Gran parte del éxito de mi librería se lo debo a la ayuda de todos los amigos franceses que hice en la librería de Adrienne Monnier.»
Hoy, más de un siglo después de su fundación, Shakespeare and Company conserva intacta buena parte de esa filosofía. Incluso mantiene una de sus tradiciones más conocidas: quienes colaboran algunas horas ayudando en la librería pueden pasar la noche allí, como ocurría en tiempos de Sylvia Beach.
Su legado trasciende el mundo editorial. Fue guardiana del libro, editora valiente de la primera edición de Ulises, de James Joyce, protectora de escritores y una mujer que convirtió una pequeña librería en uno de los lugares más emblemáticos de la historia literaria del siglo XX.
Visitar Shakespeare and Company no significa únicamente entrar en una librería. Es recorrer un espacio donde aún parecen escucharse las voces de Hemingway, Joyce y tantos otros. Es, en definitiva, hacer un viaje a la memoria viva de la literatura universal.