Cuando el desconocimiento se aproxima a la idiotez
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José Ortega y Gasset abordó de manera profunda uno de los grandes problemas de la sociedad moderna en su obra La rebelión de las masas: el peligro de quien desconoce, pero al mismo tiempo está convencido de que sabe.
Aunque la expresión “el desconocimiento se aproxima a la idiotez” no corresponde literalmente a una frase de Ortega, resume de alguna manera una de las preocupaciones centrales de su pensamiento. Para el filósofo español, el problema no radica simplemente en ignorar algo, sino en desconocer y, aun así, negarse a reconocer que se desconoce.
Ortega describe al llamado “hombre-masa” como aquel que se siente satisfecho consigo mismo y considera innecesario aprender, contrastar ideas o escuchar a quienes poseen conocimientos especializados. Su seguridad no nace necesariamente del conocimiento, sino de la ausencia de dudas.
Ahí aparece uno de los mayores peligros: la mente cerrada. Quien cree saberlo todo deja de preguntar, de investigar y de aceptar información que contradiga sus propias convicciones. No necesita argumentos porque ha convertido su opinión en una certeza.
En La rebelión de las masas, Ortega también advierte sobre la expansión de lo que denomina el “derecho a la vulgaridad”. El hombre-masa no se limita a tener una opinión; pretende colocarla al mismo nivel que el conocimiento adquirido mediante años de estudio, experiencia e investigación.
En ese sentido, la ignorancia humilde puede ser el comienzo del conocimiento. Decir “no sé” abre la puerta a preguntar, aprender y corregir. El verdadero problema aparece cuando alguien no sabe, pero tampoco quiere saber; cuando rechaza los datos porque contradicen lo que ya decidió creer.
En la época de las redes sociales, esta reflexión adquiere una dimensión particular. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, paradójicamente, tampoco había sido tan sencillo confundir información con conocimiento.
Opinar es un derecho. Creer que toda opinión tiene el mismo valor que un conocimiento fundamentado es otra cosa.
La inteligencia no consiste en tener una respuesta para cada asunto, sino también en reconocer cuándo hace falta estudiar, escuchar y aprender antes de hablar.
Porque el desconocimiento no convierte automáticamente a nadie en un idiota. La negativa a reconocerlo y la obstinación por hablar como si se supiera pueden acercarnos peligrosamente a ello.
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