En política hay que aprender a tragarse sapos
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SANTO DOMINGO.– La política tiene una particularidad que pocas veces se explica desde los discursos: quienes deciden entrar en ella deben aprender a convivir con contradicciones, derrotas, alianzas incómodas y decisiones que no siempre coinciden con sus deseos personales.
Una frase atribuida a la novela La Silla del Águila, del escritor mexicano Carlos Fuentes, resume con crudeza esa realidad: en política hay que aprender a “tragarse los sapos” sin hacer gestos. La obra, publicada en 2003, es una sátira sobre el poder, las ambiciones y las intrigas que rodean la lucha por la Presidencia de México.
La metáfora resulta especialmente poderosa porque describe algo que ocurre mucho más allá de la ficción. En la política real, no siempre se puede decir lo que se piensa, no siempre se puede elegir a los aliados y, en ocasiones, toca respaldar decisiones que ayer se cuestionaban o compartir espacios con personas con las que existen profundas diferencias.
El precio de permanecer en el poder
La política es, en buena medida, el arte de negociar intereses. Quien pretende construir una mayoría necesita conversar con sectores distintos, alcanzar acuerdos y, algunas veces, aceptar condiciones que pueden resultar difíciles de explicar ante sus propios seguidores.
Pero tragarse un sapo no debería significar renunciar a los principios.
Ahí aparece la diferencia entre negociar y vender las convicciones. Una cosa es aceptar una concesión para alcanzar un objetivo de interés colectivo y otra muy distinta es justificar cualquier comportamiento únicamente para conservar una posición de poder.
La novela de Fuentes presenta precisamente una visión profundamente crítica de la política, donde la lucha por alcanzar la Presidencia está marcada por ambiciones personales, traiciones y maniobras de poder.
La política también exige paciencia
En democracias como la dominicana, donde las alianzas electorales pueden cambiar de una elección a otra y los partidos necesitan construir mayorías, la capacidad de negociar se convierte en una herramienta indispensable.
El político que no sabe ceder puede quedarse aislado. Pero el que cede en todo corre el riesgo de perder su identidad.
Por eso, “tragarse el sapo” puede entenderse como una prueba de madurez política: saber cuándo guardar silencio, cuándo negociar, cuándo esperar y, sobre todo, cuándo una concesión es necesaria y cuándo se convierte en una renuncia a los principios.
El verdadero desafío
El problema no está en tragarse un sapo. El problema comienza cuando alguien termina acostumbrándose a ellos.
La política necesita acuerdos, pero también necesita límites. Necesita pragmatismo, pero también memoria. Necesita capacidad de negociación, pero sin convertir el poder en el único objetivo.
Quizás esa sea una de las grandes lecciones que deja La Silla del Águila: el poder puede obligar a muchos a cambiar el discurso, pero también revela quién está dispuesto a pagar cualquier precio para conservarlo.
Y en tiempos donde la política se mueve a una velocidad extraordinaria, una pregunta sigue siendo válida: ¿cuántos sapos puede tragarse un político antes de dejar de reconocer sus propios principios?
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