La fábula de la luciérnaga y la serpiente: cuando la luz incomoda al poder
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Hay una antigua fábula que cuenta la historia de una serpiente que perseguía durante días a una luciérnaga. Cansada de huir, la luciérnaga decidió detenerse y preguntarle:
—¿Por qué me persigues? ¿Qué te he hecho?
La serpiente respondió que no tenía intención de comérsela. Entonces la luciérnaga, sorprendida, volvió a preguntar:
—¿Acaso soy parte de tu cadena alimenticia?
—No —respondió la serpiente.
—¿Entonces por qué me persigues?
Y la serpiente, en un momento de sinceridad, respondió:
—Porque tu luz me molesta.
La enseñanza trasciende la fábula y tiene una lectura profundamente política. No siempre se persigue a alguien porque represente una amenaza; en ocasiones se le persigue simplemente porque su presencia hace visible aquello que otros prefieren mantener en la oscuridad.
En política, la luciérnaga puede representar al ciudadano que denuncia, al periodista que investiga, al dirigente que cuestiona, al funcionario que decide actuar con independencia o a cualquier persona que, con su trabajo, expone una realidad que incomoda.
La serpiente, en cambio, simboliza aquellas estructuras que no necesariamente necesitan destruir a quien tienen enfrente, pero que sienten la necesidad de apagar su luz.
Y ahí aparece una de las grandes paradojas del poder: la luz no necesita atacar a la oscuridad para incomodarla; basta con encenderse.
Por eso, cuando una voz comienza a ser perseguida, desacreditada o sometida a presiones, la pregunta no siempre debe ser qué daño está causando. A veces conviene preguntar algo más sencillo:
¿Qué está haciendo visible esa persona que otros no quieren que se vea?
Porque, como enseña la fábula, algunas persecuciones no nacen del hambre ni de la competencia.
Nacen de la incomodidad que provoca la luz.