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NUEVA YORK, Estados Unidos.- A las 8:05 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, Genelle Guzmán-McMillan ingresó a la Torre Norte del World Trade Center como cualquier otro día de trabajo. Cuarenta minutos después, el atentado que cambió la historia de Estados Unidos la dejó atrapada bajo toneladas de concreto y acero.
Guzmán-McMillan, originaria de Trinidad y Tobago y entonces de 31 años, trabajaba de manera temporal para la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey. Aquella mañana había subido hasta el piso 64 cuando, a las 8:46, el vuelo 11 de American Airlines impactó la Torre Norte.
El edificio se sacudió violentamente. Desde las ventanas comenzaron a caer cientos de hojas de papel, mientras los altoparlantes ordenaban a los empleados permanecer en sus puestos y aseguraban que la ayuda estaba en camino. Sin embargo, muchos decidieron evacuar.
Quince personas permanecieron reunidas en una sala de conferencias. Entre ellas estaba Genelle, quien llamó a familiares y amigos mientras intentaba comprender lo que estaba sucediendo. Cuando el segundo avión impactó la Torre Sur, a las 9:03, comprendió que la situación era mucho más grave de lo que inicialmente había imaginado.
Finalmente, el grupo decidió bajar por las escaleras. Genelle caminó junto a su compañera Rosa González, mientras bomberos subían en dirección contraria hacia las zonas afectadas.
El descenso llegó hasta el piso 13.
El derrumbe
A las 10:28 de la mañana, la Torre Norte colapsó. Los 110 pisos se desplomaron en segundos y Genelle quedó sepultada entre los escombros.
“Podía sentir las paredes estallando”, recordó años después.
Su cuerpo quedó atrapado. Solo una mano permaneció libre. No podía ver y apenas podía moverse. Tenía una pierna comprimida bajo los restos del edificio y la cabeza atrapada entre estructuras de concreto.
Durante horas permaneció sin agua ni comida, respirando polvo y escuchando los sonidos de los equipos de emergencia sobre ella.
En medio de la desesperación comenzó a recordar las enseñanzas religiosas de su madre, fallecida dos años antes. Genelle había rechazado la fe durante buena parte de su vida, pero bajo los escombros decidió comenzar a hablar con Dios.
Le pidió perdón, ayuda y un milagro. También prometió cambiar su vida si conseguía salir con vida.
“Genelle, te tengo”
Después de permanecer 27 horas atrapada, ocurrió el momento que marcaría para siempre su historia.
Genelle extendió la única mano que podía mover y sintió que alguien se la tomaba.
“Genelle, te tengo. Mi nombre es Paul”, recuerda que le dijo aquella persona.
Según su relato, el hombre permaneció junto a ella y le aseguró que no la soltaría. Los rescatistas comenzaron a localizarla y a abrirse paso entre los restos.
Sin embargo, ninguno de los integrantes del equipo de rescate que posteriormente conoció confirmó la existencia de un hombre llamado Paul. Genelle nunca pudo verlo debido a su posición y a los escombros que cubrían su rostro.
Para ella, aquel desconocido fue un ángel enviado para ayudarla.
Los rescatistas finalmente retiraron el concreto que cubría su cabeza y lograron sacarla. Fue trasladada de mano en mano mediante una cadena humana hasta llegar a la superficie.
Cuando sintió nuevamente la luz del día, preguntó:
“¿Ya llegamos?”
Genelle había sido encontrada con vida aproximadamente 27 horas después del derrumbe, a unos nueve metros de profundidad.
Una pierna al borde de la amputación
La supervivencia no terminó con el rescate. Su pierna derecha había sufrido graves daños debido a las horas de compresión. Los médicos realizaron cuatro cirugías y llegaron a considerar la posibilidad de amputarla.
Genelle volvió a pedir ayuda a Dios.
Finalmente, los médicos lograron salvarle la pierna, aunque quedó con secuelas permanentes, entre ellas un pie caído y daños en los nervios. La rehabilitación se prolongó durante más de un año.
Después volvió a caminar y, como símbolo de su recuperación, volvió a utilizar zapatos de tacón.
La vida después del 11-S
El 7 de noviembre de 2001, menos de dos meses después de los atentados, Genelle se casó con su novio, Roger McMillan, en el City Hall de Manhattan. Ese mismo día fue bautizada en la Brooklyn Tabernacle.
La pareja posteriormente tuvo dos hijas y Genelle continuó trabajando para la Autoridad Portuaria. También se convirtió en voluntaria de la Cruz Roja para ayudar a otras personas, inspirada en el apoyo que recibió durante su recuperación.
Pero la supervivencia también dejó una herida emocional. De las 15 personas que permanecieron en el piso 64, la mayoría murió. Entre ellas estaba Rosa González, la mujer cuya mano Genelle sostenía mientras descendían por las escaleras.
Durante años, Genelle se preguntó por qué ella sobrevivió y otros no.
Una historia que continúa 25 años después
Cada 11 de septiembre, Genelle suele permanecer en casa junto a su esposo y recuerda a quienes murieron, especialmente a Rosa. La familia mantiene un ritual de oración a la hora en que las Torres Gemelas colapsaron.
En 2025 rompió una tradición que había mantenido durante más de dos décadas y salió de su casa ese día para contar su historia ante estudiantes de Camden County College.
Ahora, a 25 años de los atentados, su experiencia vuelve a cobrar protagonismo con el estreno de “Angel in the Rubble”, una producción basada en su historia que llegará a televisión el 12 de septiembre de 2026.
Genelle rechaza que su supervivencia haya sido cuestión de suerte.
“No me digan que tuve suerte. No tuve suerte. Estoy bendecida”, ha repetido durante años.
Su historia quedó marcada por 27 horas bajo los restos de uno de los edificios más emblemáticos de Nueva York, cuatro cirugías, una pierna que estuvo a punto de ser amputada y la pérdida de personas que estaban a su lado.
Pero también por una promesa que, según ella, comenzó a cumplir desde el momento en que una mano apareció entre los escombros y alguien le dijo: “Genelle, te tengo”.
Tomado de Infobae