Clientelismo: movilizar no es democratizar
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Por Pablo Vicente
El reciente Estudio sobre la abstención electoral en la República Dominicana: voto nacional y en el exterior, elaborado por el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), a través de CAPEL, aporta un elemento particularmente interesante para comprender una de las contradicciones de nuestro sistema político: mientras la abstención crece en las grandes ciudades, en algunas zonas rurales y comunidades con fuertes redes territoriales la participación electoral se mantiene en niveles más elevados.
Entre las explicaciones que plantea el estudio aparece una realidad que durante mucho tiempo ha formado parte del debate político dominicano: el peso de las redes comunitarias y de las dinámicas de clientelismo político.
Aquí surge una pregunta inevitable: ¿queremos simplemente aumentar la cantidad de personas que votan o queremos construir una ciudadanía que vote con mayor libertad, información y convicción?
El clientelismo puede ser eficaz para movilizar electores. En determinadas comunidades, las relaciones de dependencia, intermediación política, ayudas individuales y redes territoriales pueden convertirse en mecanismos que acercan al ciudadano al proceso electoral. Pero una cosa es movilizar y otra muy distinta es fortalecer la participación democrática.
Una democracia sólida no debería depender de la capacidad de un partido, candidato o dirigente para activar una red de favores el día de las elecciones. El ideal democrático es que el ciudadano acuda a las urnas porque comprende la importancia de su voto, evalúa propuestas, compara candidatos y ejerce libremente su derecho a decidir quién debe representarlo.
El estudio sobre la abstención ofrece, precisamente, señales de una creciente inconformidad con la política tradicional. Una parte importante de los ciudadanos que decide no votar no lo hace necesariamente por apatía. Su abstención puede representar una expresión consciente de rechazo hacia candidatos que no convencen, promesas incumplidas, prácticas clientelares y una forma de hacer política que muchos consideran agotada.
Esta realidad debe llamar la atención de los partidos políticos. Durante décadas, una parte de la competencia electoral ha estado asociada a la capacidad de movilización territorial. Sin embargo, el contexto actual parece estar enviando un mensaje diferente: las viejas formas de movilización pueden conservar influencia en determinados territorios, pero ya no son suficientes para construir legitimidad ni para reconectar con una ciudadanía cada vez más crítica.
El contraste territorial que revela la investigación es significativo. Las zonas urbanas más desarrolladas del país presentan mayores niveles de abstención, mientras que en zonas rurales persisten formas de participación más elevadas, vinculadas, entre otros factores, a redes comunitarias y dinámicas clientelares. El desafío consiste en no interpretar este fenómeno como una invitación a fortalecer esas prácticas, sino como una oportunidad para preguntarnos qué tipo de participación queremos construir.
Porque una democracia puede registrar una elevada participación electoral y, aun así, tener una ciudadanía débilmente conectada con el debate público. Del mismo modo, una baja participación puede expresar una profunda crisis de representación que ninguna fundita, ayuda circunstancial o mecanismo de movilización podrá resolver de manera sostenible.
La abstención de 45.6 % registrada en las elecciones generales de 2024 constituye una advertencia suficientemente seria. El estudio del IIDH-CAPEL demuestra que el problema de la participación no tiene una explicación única y que la respuesta no puede limitarse a mejorar aspectos logísticos o desarrollar campañas genéricas para incentivar el voto. Se requiere, sobre todo, una respuesta política.
Eso implica fortalecer la calidad de la oferta electoral, mejorar los mecanismos de selección de candidaturas, promover partidos más cercanos a la ciudadanía y reducir las prácticas que convierten la relación entre representantes y representados en una simple transacción de corto plazo.
El clientelismo puede movilizar. Puede producir participación y puede ayudar a explicar por qué determinados territorios mantienen niveles de votación superiores a otros. Pero no necesariamente genera confianza en las instituciones, compromiso con lo público ni una ciudadanía más fuerte.
El reto hacia 2028 debe ser superar la idea de que el éxito democrático consiste únicamente en llenar las urnas. Necesitamos llenar las urnas, sí, pero con votos que expresen convicción y confianza en el proceso democrático.
La gran tarea es pasar de una política que moviliza ciudadanos mediante la dependencia a una política que los convoca mediante ideas, propuestas y resultados.
Ese es, quizás, uno de los debates más importantes que nos deja el estudio sobre la abstención: no basta con lograr que la gente vote; debemos trabajar para que vuelva a creer que votar vale la pena.
El autor es abogado, catedrático universitario y presidente de fujudel. fujudel@gmail.com